sábado, 20 de febrero de 2010

(RE)DESCUBRIRSE, (RE)CONCILIARSE...


Por circunstancias de la vida, estoy atravesando una etapa en la que paso mucho tiempo a solas conmigo misma. Actualmente no trabajo y mi compañero de dias y de noches está disfrutando como un niño de un reencuentro con sus recuerdos. Así que paso muchas horas al día con mis pensamientos. Pero ojo, que no estoy sola, afortunadamente me rodea un montón de gente maravillosa que hacen la vida más llevadera.
El caso es que estos momentos de inusitada calma (pues los últimos años han sido una sucesión de prisas y carreras, de llegar tarde a todo y de sentir que los días necesitarían cuatro o cinco horas más), han servido de bálsamo para mi espíritu, de caricia para el alma.
Me agobiaba un poco pensar en lo que haría con tantas horas libres, pero tras dos meses en el banquillo, me he dado cuenta del tiempo que he perdido en estupideces, en cosas insignificantes y tambien me he dado cuenta de lo bien que viene de vez en cuando pararse a contemplar el paisaje.
Recuerdo un dicho indio que se me quedó grabado en la cabeza hace muchos años. Decía algo así: "Ahora que mi cabaña ha ardido hasta sus cimientos, puedo ver las estrellas con claridad".
Esto no es una apología de la desidia ni de la pereza (y menos con los tiempos que corren, que somos mas de cuatro millones en paro), es simplemente un alegato a favor de la vida, de vivirla intensa y significativamente.
Recuerdo mi infancia. Cuando siendo niña carecía de ambiciones y de objetivos (personales e impuestos socialmente).
Disfrutaba de cada día y únicamente importaba ese día, los momentos vividos. No existían planes ni preocupaciones de futuro. Cuando cogia mi bicicleta y pedaleaba, lo hacía por el simple placer de pedalear, pero no buscaba un destino concreto.
Era capaz de jugar durante horas y abstraerme de tal manera que se me pasaba la hora de comer, de la ducha y, (por supuesto!), de hacer los deberes.
Después la cosa empezó a complicarse: tras la infancia, llega la adolescencia y con ella los primeros retos que debes afrontar: ciencias o letras, seguir estudiando o empezar a trabajar, novios o amigos... Y todo ello aderezado con múltiples cambios que le van sucediendo a tu cuerpo y que normalmente no van acompasados con el desarrollo de tu personalidad, lo que hace todo aún más difícil.
Comienzan las primeras presiones sociales, las primeras responsabilidades, las primeras elecciones... hasta llegar a un punto en el que te alejas tanto de tí misma que ya no sabes qué tanto por ciento de tí te pertenece y qué tanto por ciento es una construcción hecha a base de ambición, competición, objetivos sociales y de la imagen que deseas reflejar.
Llega un momento en el que te preguntas ¿qué pinto yo en mi vida? ¿qué es lo que realmente quiero, lo que realmente me importa?¿qué es lo que realmente soy?
Se que todo esto sonará a libro de autoayuda o a "budismo para principiantes", pero el caso es que en este día tan lluvioso, he recibido una noticia triste. La constatación (una vez más) de que no somos inmortales. De que, como cualquier otro ser vivo, nacemos, crecemos, nos reproducimos y acabamos muriendo.
Y para mi, que todavía no tengo claro si soy o no creyente, eso es todo. Ahí se acaba todo.
¿Cual es entonces el significado de la vida, el sentido de pasar por sufrimientos, de superar retos, de lidiar con crisis y estrecheces esperando un mañana mejor?.
El Dalai Lama dice que para él, el significado de la vida es ser feliz, ayudar a los demás o, en su defecto, no causarles daño. No me parece una mala explicación. Puede resultar insuficiente para un mundo tan materialista como el que nos ha tocado vivir, pero si somos capaces de apreciar lo bello en lo que nos rodea, si somos capaces de disfrutar una cerveza con los amigos saboreando esa cerveza (sin que la contamine el amargo sabor de la culpa por no estar atendiendo a otras obligaciones), si somos capaces de cocinar centrandonos en el plato que estamos elaborando y olvidarnos por un instante del reloj y de las prisas, creo que habremos dotado de una pizca de significado a nuestra cotidianidad, que habremos saboreado la vida en su esencia, como cuando éramos niños y todo era auténtico.

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